¿Quién es Clarissa Dalloway?

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En mayo de este año, el día 14, para ser precisos, La señora Dalloway (Virginia Woolf)
cumplió cien años de haberse publicado, entre otras obras de la literatura universal, en
diferente mes, por supuesto, como El gran Gatsby (Scott Fitzgerald), El viejo y el mar
(Ernest Hemingway) y La rebelión en la granja (George Orwell). Y nosotros nos
preguntamos ¿quién es esa mujer de la alta sociedad de la que Virginia Woolf describe (en
259 páginas, en la edición de Alianza Editorial) un día común? Así que decidimos
preguntarle a sus más cercanos, e incluso a ella misma, ¿quién es Clarissa Dalloway? Esto
fue lo que nos contestaron.
Scrope Purvis, vecino: Yo la consideraba una mujer encantadora (conociéndola como se
conoce en Westminster a las personas que viven en la casa de al lado). Era delicada y
también vivaracha, aunque tuviera más de cincuenta años y hubiera encanecido mucho
desde su enfermedad.
Peter Walsh, amigo (estuvo a punto de casarse con Clarissa): Clarissa tiene unos modales
perfectos. Admiro su valor, su instinto social, su capacidad para llevar las cosas hasta el
final. Es la perfecta anfitriona. Es inflexible, de hierro, como una piedra de afilar; rígida hasta
la medula. Tiene una idea perfectamente clara de lo que quiere; sin embargo, sus
emociones son siempre superficiales, aunque interiormente era muy sagaz. Tiene ese don
femenino de crear su propio mundo donde quiera que esté. Al mismo tiempo, está
convencida de que la gente no tiene derecho de ir por ahí con los hombros caídos y las
manos en los bolsillos. Se debe hacer algo. Se debe ser alguien.
Clarissa Dalloway, en sus propias palabras: Aquél día de junio por la mañana mientras
caminaba por la calle Arlington y Piccadilly, y cruzaba el parque St. James, me sentía muy
joven y, al mismo tiempo, increíblemente vieja. Lo atravesaba todo como un cuchillo y, al
mismo tiempo, permanecía fuera, mirando. Continuamente tenía la impresión, mientras
contemplaba los taxis, de estar fuera, lejos, muy lejos en el mar, y sola. Siempre me ha
parecido peligroso vivir, aunque sea sólo un día. No me explico cómo he logrado navegar
por la vida. No sé nada; ni idiomas ni historia; casi nunca leo libros, excepto memorias en la
cama. No dispongo de ninguna cosa que tenga la más mínima importancia; no sé pensar ni
escribir ni siquiera tocar el piano. Confundo a los armenios con los griegos; me encanta el
éxito; aborrezco las incomodidades; temo no caer bien.
Peter Walsh: Pese a ser el doble de inteligente que su marido, está obligada a ver las
cosas con sus ojos. Es tan transparente en algunos aspectos y tan enigmática en otros. Por
ejemplo, disfruta inmensamente con la vida, porque su naturaleza la lleva a disfrutar y tiene,
además, un sentido de lo cómico realmente delicioso, pero necesita gente, siempre mucha
gente, y el resultado inevitable es que malgasta el tiempo almorzando, cenando, diciendo
cosas que no siente.

Clarissa Dalloway: Cuando Peter Walsh de la nada llegó a mi casa la mañana del día de la
fiesta, me dio gusto verlo, recibirlo, pero Peter siempre consigue que me sienta frívola, con
cabeza de chorlito, una simple parlanchina estúpida. Richard (mi esposo), por otro lado, se
toma todo tan al pie de la letra, pero eso sirve para que haga lo que tiene que hacer,
mientras Peter y yo perdemos el tiempo riñendo.
Richard Dalloway, esposo: Nunca le he hecho regalos a Clarissa, tal vez un brazalete dos
años antes de aquel día de junio en que ella se preparaba para dar una fiesta. Siento que
es un milagro que me haya casado con ella. En otro tiempo había estado celoso de ella y de
Peter Walsh, pero Clarissa me ha dicho muchas veces que casarse con él habría sido un
error. Ella necesita tener apoyo. No es que sea débil, pero necesita tener apoyo. Así que
ese día quería abrir la puerta del salón y entrar con un regalo para ella.
Lady Bruton, amiga de Richard Dalloway: Jamás he tenido la necesidad de desmenuzar a
la gente como lo hace Clarissa Dalloway; hacerlos pedazos para luego volver a pegarlos.
No tiene sentido, en todo caso, cuando ya se tienen sesenta y dos años. Clarissa es una
mujer maravillosamente enérgica, de excelentes prendas, pero con la que no tengo nada en
común. Quizá hubiera sido mejor para Richard casarse con una mujer menos seductora,
que pudiera ayudarlo más en su trabajo.
Clarissa Dalloway: Para mí las fiestas son una ofrenda. No me imagino ni a Peter ni a
Richard dando una fiesta sin motivo alguno. Siempre que doy una fiesta tengo la sensación
de no ser yo, de que todo el mundo es irreal en un sentido y mucho más real en otro.
Señorita Kilman, maestra de historia de Elizabeth, hija de Clarissa: La señora Dalloway
procede de la más despreciable de todas las clases: los ricos, con su barniz de cultura.
Ellie Henderson, prima de Clarissa: Clarissa era una muchacha muy solicitada.
Clarissa Dalloway: Lo que a mí me gustaba, sencillamente, era la vida. Y en la vida soy
incapaz de resistirme al encanto de una mujer que me confiesa algún lío, alguna locura. A
veces, sólo por un momento, siento lo mismo que sienten los hombres. Es sólo un
momento, pero ese momento basta. Amor entre mujeres. ¿Acaso no había sido mi relación
con Sally Seton amor? A veces, también, sentía extrañas afinidades con personas con las
que nunca había hablado, una mujer con la que me cruzaba por la calle, alguien detrás de
un mostrador; incluso con árboles o con graneros.
Peter Walsh: Es que Clarissa siempre estaba dispuesta a vibrar por todo. Acompañante
excepcional, capaz de descubrir extrañas escenas, nombres, sitios desde lo alto de un
omnibus. Ella había influido en mi vida más que ninguna otra persona. Era fría, señorial,
crítica; o seductora, romántica, evocadora de un prado. Había en ella una dignidad inefable;
una cordialidad exquisita; como si abrazara con su benevolencia al mundo entero.
Sally Seton, amiga íntima de Clarissa: Era una esnob; en el fondo de su corazón era una
esnob, y eso nos separaba. Podía ser muy dura con la gente, pero también era generosa.
¡Y qué poco frecuente resulta la generosidad!

Richard Dalloway: Era difícil pensar en ella; excepto a rachas, como durante el almuerzo.
Pero ahí estaba, camino a mi casa de Westminster, luego de un desayuno con Lady Bruton,
pensando en decirle a Clarissa que la quería. No lo conseguí, no con esas palabras, sólo le
tomé la mano.
Elizabeth, hija de Clarissa: Mi madre tomaba a diario el desayuno en la cama, Lucy se lo
subía… Le gustaban las señoras ancianas porque eran duquesas y descendientes de algún
lord.
Señorita Kilman: La despreciaba con toda mi alma. No era seria. No era buena. Su vida
era un tejido de vanidades y de mentiras.
Richard Dalloway: Clarissa era infantil.
Jim Hutton, poeta y uno de los invitados a la fiesta de Clarissa: Estoy convencido de que,
entre todas las mujeres de mundo que se interesan por el arte, ninguna puede compararse
con la señora Dalloway. Aunque, es curioso que fuera tan estricta. A decir verdad, era más
bien pedante. Pero ¡qué placer proporcionaba verla! Lograba que su casa fuera un lugar
muy agradable, con la excepción de los profesores a los que también invitaba.
Clarissa Dalloway: Con frecuencia tengo la sensación de que mi cuerpo, este cuerpo que
habito con todas sus facultades, no es nada. Siento que soy invisible, que nadie me ve ni
realmente me conoce. Tengo miedo del tiempo.

Las palabras de otros y las de la propia Clarissa nos revelan a una mujer de contrastes, de
una profundidad indescifrable, incluso para sus más cercanos, porque ¿qué es lo que se
sabe incluso de las personas con las que se vive?
Todos los fragmentos, literales y otros parafraseados, fueron tomados de Virginia Woolf, La señora
Dalloway, Trad. de José Luis López Muñoz, Alianza Editorial, 2020, cuarta reimpresión.