
Hola, ¿cómo estás?
Mi nombre es Ana León y estoy a cargo del newsletter de la Casa Universitaria del Libro de la UNAM. El cine y la literatura son dos presencias constantes en la vida de CASUL, cada mes organizamos un ciclo de cine y un Club de Lectura, y este mes una obra emblemática de la literatura mexicana se ha colado en ambos: Como agua para chocolate. Por ello, en la entrega de este sábado pensamos un poco sobre la relación entre el cine y la literatura. Así que, sin más, bienvenidas y bienvenidos a Presente continuo.
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¿Cómo contar lo incontable, lo innombrable, lo abstracto? Me preguntaba en 2021 cuando la nouvelle Distancia de rescate de la escritora argentina Samanta Schweblin llegaba a las pantallas de streaming de nuestro país durante el segundo año de la pandemia, 2021. El libro, como toda la obra de la autora, es poderoso en la creación de imágenes. Casi podemos ver cada escena como si fuera una película mientras leemos. No es casualidad, la autora estudió cine (y no literatura) porque quería escribir, saber cómo se cuenta una historia. Lo ha dicho en innumerables entrevistas en los últimos años. Pero la escritura de un guion para una película no es lo mismo que la escritura de una novela. Como ella misma me dijo en una entrevista a propósito del estreno de la película sobre su novela (en la que participó en la escritura del guion): «la literatura trabaja con un nivel de abstracción que el cine no soporta», es decir, el cine trabaja con lo concreto y la literatura con la cabeza del lector, pura subjetividad. Y añadía que cuando en el cine aparecen un par de zapatos, es una elección precisa, exacta, ya tomada por el director. Pero cuando en la literatura aparecen un par de zapatos, son aquellos que el lector tiene en la cabeza; aun cuando el escritor dé algunos datos sobre lo que el lector ve en lo que lee, el imaginario es completamente azaroso.
¿Qué pasa cuando se lleva al lenguaje de lo audiovisual algo que pertenece al mundo de las palabras? Hay escenas que se suprimen porque no hay manera de que en la pantalla eso cobre vida; sin embargo, hay otras que se extienden. Hay nombres que se cambian y personajes que cobran mayor o menor relevancia de la que tuvieron en la obra original. Atmósferas y ritmos de la novela que son llevados con agilidad a la pantalla y otros que se rompen y se pierden para siempre.
Este traslado del papel a lo audiovisual lo pienso un poco como la traducción. No es la misma obra (incluso en la extensión del texto), por más fiel que sea la voluntad de quien traduce, algo se pierde en ese traslado de una lengua a otra.
Decía también Schweblin que «uno de los grandes desafíos fue cómo contar lo que tiene que suceder en la cabeza del lector y no en la pantalla. Cómo se cuenta todo eso desde lo concreto del cine que sólo se puede construir con imágenes, con sonidos. En ese sentido, no hay doble sentido».
Traigo este recuerdo a colación, porque en el Cine Club de CASUL durante este mes celebramos a las divas del cine mexicano y entre las cintas que proyectamos está Como agua para chocolate, protagonizada por Lumi Cavazos y Regina Torné. Una cinta homónima a la novela de la autora mexicana Laura Esquivel, y a la que el Club de lectura que modera Odette Alonso, además, le dedicará una sesión.
Con esta película pasó algo similar que con la adaptación de la novela de Schweblin, la autora estuvo a cargo (en este caso, por completo) de la escritura del guion y, además, se ganó un Ariel. La cinta fue dirigida por quien en aquellos años fuera su esposo, Alfonso Arau. Es curioso, porque en una entrevista realizada en 1994, la autora contaba que en su escritura antes de las palabras, estaban las imágenes: «… para mí es muy claro, yo veo en una imagen el problema y la cuestión dramática con mucha mayor facilidad que en el papel…». En esa misma entrevista también contaba que cuando la escritura de una novela se bloqueaba, la convertía en un guion para destrabarla y luego volvía a la novela. Y eso se nota, porque sucede que en la cinta hay diálogos enteros que pasan del libro a la película y que funcionan. Ese sentido que la autora construyó en la novela a través de los sonidos, los olores de la cocina, la materialidad de las recetas de Tita (su protagonista), llegan intactos a la pantalla. La cinta logra hacer el recorrido emocional que hace el libro, porque el libro es muy visual, muy concreto.
Otra de las cintas que llega a nuestro Club de Cine es Estas ruinas que ves (1979), dirigida por Julián Pastor y protagonizada por Blanca Guerra. La cinta es una adaptación de la novela homónima de Jorge Ibargüengoitia; adaptación en la que el autor y dramaturgo mexicano no participó (el guion estuvo a cargo de Jorge Patiño). En este caso, se ha dicho, el guion de Patiño corta algunas escenas, lo que merma en la construcción psicológica de algunos personajes.
Pero hay otro tipo de ejercicios audiovisuales que vinculan al cine con la literatura, aquellos basados en hechos reales. Otra de las cintas que también forman parte del Cine Club de CASUL de este mes es El castillo de la pureza (1973), una cinta protagonizada, entre otros, por Diana Bracho, dirigida por Arturo Ripstein y coescrita por el director y el autor mexicano José Emilio Pacheco. La historia se basa en un hecho real ocurrido en la Ciudad de México: Rafael Pérez Hernández mantuvo a su esposa y a sus seis hijos encerrados por casi dos décadas en una casona. En la película los hijos no son seis sino tres y la razón por la que el padre mantiene encerrada a su familia por quince años es “protegerla” del mundo corrupto de afuera. Del guion de Pacheco, Ripstein destacó el rigor literario del autor que hacía que éste se leyera casi como una de sus novelas. No es casualidad que apuntara esto, ya que se han hecho comparaciones de éste con temas que Pacheco ya había abordado en novelas como Morirás lejos (1967), los rasgos psicológicos de su protagonista, y que abordaría más tarde en Las batallas en el desierto (1980), el despertar erótico adolescente.
Otro hecho real que ha trascendido a la literatura y que ha llegado al cine es la historia de la condesa Erzébet Báthory, la famosa condesa sangrienta, la asesina húngara de 650 jóvenes en el siglo XVI. Historia que la poeta Valentine Penrose publicó, luego de una ardua investigación, en 1962, y tema sobre el que unos años después la poeta argentina Alejandra Pizarnik escribiría un artículo-ensayo poético (es difícil clasificar ese ejercicio narrativo). En la escritura del guion participa, nada más y nada menos, la escritora austriaca Elfriede Jelinek (Premio Nobel de Literatura 2004) y es protagonizada por la gran Isabelle Huppert, quien a su vez protagonizó La pianista, cinta de Michael Haneke, una adaptación de la novela homónima de la propia Jelinek.
Y podríamos seguir, porque son casi infinitos los cruces de la literatura con el cine en esa carretera de doble sentido que ambos construyen.


