Nombrar para existir

Hola, ¿cómo estás? El lema de la Fiesta del Libro y la Rosa 2026 es Nombrar para existir, y ¿qué significa nombrar para existir? ¿Tiene que ver con validar, reconocer, hacer visible aquello marginado o invisibilizado? ¿Tiene que ver con la identidad? ¿Tiene que ver con tener una voz?***¿Qué significa tener una voz? Nombrar es resistir, es sostener, es cuidar, es memoria personal y colectiva, es justicia.Se nombra a través de un lenguaje, de las palabras precisas. Con ellas se reconoce o se oculta algo. El lenguaje es una herramienta de lucha, de construcción de identidad y de pertenencia. El lenguaje es casa, es el país que habitamos. Nombrar es posibilidad y anhelo, es hecho, es libertad, pero también es límite. ¿Qué es lo que no se nombra, lo que no se dice, de lo que no se habla? ¿Qué efectos tiene esa ausencia en el cuerpo y en la memoria, en la construcción de nuestra realidad? El silencio está lleno de presencia, pero muchas veces, también, de violencia. La vida que vivimos está signada por el lenguaje, por lo que se enuncia, por lo que se denomina, por aquello que tiene nombre: ¿qué palabras aprendimos a decir y cómo, en qué contexto? ¿Qué palabras olvidamos, suprimimos y por qué? ¿Qué palabras marcan un antes y un después en nuestro recorrido? ¿Quiénes éramos y dejamos de ser, o empezamos a ser, a partir de las palabras de las que dotamos a nuestra realidad y a nuestros cuerpos? ¿Qué historias nos contamos para vivir o para sobrevivir?“Retener palabras es poder. Pero compartir nuestras palabras con otros, abierta y honestamente, también es poder”. Escribió Terry Tempest Williams en Cuando las mujeres fueron pájaros. La primera voz que nos nombró no fue la nuestra ni tampoco las palabras. Empezamos a ser quienes somos a través de las palabras de otros, de todo aquello que otros (im)pusieron en nuestro cuerpo y en nuestra mente, del texto del que nos dotaron para empezar a existir. ¿Cuándo empezamos a ser nosotros mismos, a nombrarnos? Hay una memoria sobre mí, pero no me pertenece. Es una memoria instalada, algo que me contaron que yo hice o, mejor dicho, que yo hacía. Era pequeña, cuatro o cinco años, máximo. La memoria es ésta: mi madre me llamaba por mi nombre (Ana) y yo respondía: No me llamo Ana, me llamo Enrique. Nunca he querido ser hombre. Siempre he estado muy a gusto como mujer heterosexual, pero en ese momento, en aquellos años, en ese estado de juego de mi infancia, la niña pequeña era Enrique. ¿Qué implicaba eso? No lo sé. Pero con tan sólo nombrarlo, existía no como Ana, sino como Enrique. Durante la pandemia escuché muchos podcast. Muchos. Mi favorito fue (y sigue siendo) (De eso no se habla), un podcast sobre silencios, así, escrito entre paréntesis. Porque sí, porque los silencios son vidas que se quedaron entre paréntesis. Vidas o fragmentos de vidas. El podcast es entonces uno de “historias sobre silencios y sobre cómo los rompemos”. Y se rompen cuando se nombran, cuando de aquello sobre lo que no se habla se pone sobre la mesa. Nombrar es crear un lugar para que algo exista, es crear un espacio para habitar: una lengua, un cuerpo, una identidad. Nombrar no sólo para existir, sino también para resistir, resistir a categorías impuestas, a roles de género, al deber ser, a silencios (auto)impuestos.Nombrar es algo más que crear un lugar, es también cambiar el lugar para poder habitarlo de otra manera las veces que sea necesario.


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