Mundos oníricos

Hola, ¿cómo estás?

Bienvenidas y bienvenidos a Presente continuo. Mi nombre es Ana León y estoy a cargo del newsletter de la Casa Universitaria del Libro de la UNAM. Iniciamos el mes de arte y ciencia con una instalación en la que la artista y fotógrafa mexicana Patricia Lagarde vuelve a sus pequeños mundos oníricos, pero ahora desde el aire, a través de todo aquello que vuela. Date una vuelta por la casa y déjate envolver por la ensoñación de Todo en el aire es pájaro.

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Patricia Lagarde llega a la CASUL poco antes del mediodía de un miércoles en que el sol araña la piel y el calor mantiene los cuerpos húmedos. Llega fresca, alta, aireada pese aquella atmósfera. Trae consigo cajas de varios tamaños que contienen las piezas que llenarán la galería de la casa. Una sala vacía que pronto alojará pequeños universos.

«Vivo en un sueño eterno», dice Lagarde durante nuestra conversación, y a través de esa ciencia incierta que es el sueño, alimento de la imaginación, intuye que hay otros mundos posibles y da vida a pequeños universos, fragmentos de una historia que nos sabemos muy bien en dónde empieza ni tampoco cómo acaba. Son sólo instantes de algo, de una idea que la obsesiona y que nunca termina de completarse porque cada proyecto-investigación es un proceso abierto a revisitarse o reinventarse.

Cada una de las obras que conforman Todo en el aire es pájaro —verso de Jorge Guillén con el que nombra este encuentro de piezas nuevas y otras tantas de archivo— imagina a partir de una idea: «el aire y sus derivaciones» como el vuelo, la caída, «todo aquello que vuela o cae».

Lagarde constantemente se pregunta de dónde salen las ideas que materializa en objetos de arte, en libros de artista, en fotografías, en postales, el conjunto que da forma a esta instalación. Rastrea esa idea y viaja al pasado, a la niña que fue y que a los tres o cuatro años llenaba álbumes de estampitas, y a la que encuentra en una fotografía «sentada en un sillón con el álbum abierto y viendo la imagen de un zepelín». Desde entonces se preguntaba: «¿por qué estas cosas flotan en el aire? ¿Por qué vuelan los pájaros?»

La misma fascinación —nos cuenta— le produjo la llegada del hombre a la Luna: «Esas imágenes de los hombrecitos blancos saltando en la superficie todavía la tengo en la cabeza; era mucho más imaginativa que real, porque lo que veías era muy borroso, era una transmisión muy básica. Y lo que vemos ahora de la Luna es bellísimo, impresionante.»

Siempre el vuelo. Pero no sólo visto desde la fascinación, sino también como un «acto de resistencia a la realidad, a lo que llamamos realidad. Soñamos e intuimos que hay otras cosas, o que el mundo podría ser de otra manera, y esa es la imaginación, la que muchas veces nos salva.»

Como todo en la vida, debe existir un equilibrio: si hay dulce, existe lo amargo; si hablamos de vuelo, también hablamos de caída. Es así como habita en estas miniaturas aquello que cruza el cielo, pero también aquello que desaparece en el mar.

«Estamos cayendo constantemente y eso me gusta traerlo a la realidad porque se nos olvida, o lo negamos, o lo hacemos a un lado. Pienso mucho en la imagen de Yves Klein tirándose al espacio, el espacio que siempre representó en ese azul tremendo; en la propia caída de los aviones; o nuestra propia caída como seres grávidos. La gravedad nos miente, nos engaña y nos hace creer que estamos en un mundo estático y no es así. Estamos en un universo en constante movimiento y, como decía Cortázar, ya no sabemos si Ícaro sabía si iba hacia arriba o hacia abajo. Llega un momento en que no sabes qué es el arriba, qué es el abajo, pero siempre estamos cayendo.»

Si una idea la obsesiona, investiga, se deja absorber por todo lo que la ciencia le dice sobre lo que le interesa, y puede acumular años y volúmenes de información en donde el arte y la ciencia se tocan, «se nutren la una de la otra», comenta.

«Me encanta acudir a la ciencia. En el archivo lunar, por ejemplo, fueron cinco años de investigación sobre quienes había deseado llegar a la Luna y cómo lo habían plasmado.»

Hay una frase de Silvina Ocampo que dice: “Lo raro siempre es más cierto”. Una puede sentir un poco de eso al observar ciertas obras de Patricia Lagarde. Fotografías en blanco y negro que asemejan pequeños escenarios donde lo cotidiano se enrarece: hipopótamos dentro de tinas de baño, una caseta telefónica en medio de la nada, el mundo contenido en un capelo, nubes dentro de gotas de agua, una bañista ¿volando o cayendo? Pequeñas historias que no acaban de ser contadas. «Narrativas escondidas», dice la artista, que espera sean descubiertas por el o la espectadora.

¿Hay una fascinación por la miniatura?, le pregunto.

«Hay una tremenda fascinación por la miniatura. No nos damos cuenta que nosotros vemos el mundo en miniatura, porque en el celular o en la computadora o en los libros, todo está miniaturizado, todo es un universo pequeño y ahí vivimos. Y también viene de una reminiscencia infantil: creo que yo aprendí a leer y a amar los libros con unos pop-up de principios de siglo que había en mi casa; el cuento estaba representado en miniatura y se abrían los espacios, muy teatral. De ahí viene esta pasión por la escenografía y porque el mundo afuera me golpea mucho, no me fascina. No soy fotógrafa de calle. Me interesa llevarme el mundo al estudio y ahí recrearlo.»