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Cuando era niña, la artista visual que escribe, como se define a sí misma Verónica Gerber Bicecci, empujaba fronteras, esa frontera clara y contundente que había establecido su madre y que se llamaba avenida Insurgentes. Había nacido en la colonia Hipódromo-Condesa (Ciudad de México), el Parque México estaba lleno de punks y ella tenía prohibido cruzar más allá. Podía explorarla, recorrerla, pero no cruzarla. Y claro, ella tensaba esa frontera al máximo y la cruzaba. Lo sé porque me lo dijo en una entrevista hace ya varios años, y me pareció que esa voluntad adolescente de empujar las fronteras más allá de lo que otros han establecido definió su trabajo creativo donde el límite entre las palabras y las imágenes se difumina. Una mujer de frontera. Vivimos en un mundo lleno de fronteras. Cruzarlas, a veces, cuesta la vida. Modificarlas, desata guerras. Lo vemos todos los días en las noticias. Las fronteras establecen un orden impuesto por quienes más tienen, por quienes más pueden. Las fronteras delimitan, marcan un espacio donde se asienta la identidad (para bien o para mal). En el libro De donde soy, Joan Didion cuenta cómo sus antepasados, al menos siete generaciones atrás, empujaron la frontera oeste de Estados Unidos hasta llegar a Sacramento (California). Viajes que duraban meses en carreta, en los que el paisaje mismo se volvía, muchas veces, en contra del viajero; madres que enterraban a sus hijos en lugares inhóspitos y a cuyas tumbas no volvían jamás. Historias que nos hacen reflexionar sobre el lugar y su significado. Para cruzar una frontera, ya sea literal o metafórica, se renuncia a la vida que se tuvo; una parte de lo que somos muere. «Cada viajero que llegaba, por definición, había renacido en la naturaleza salvaje, y se había convertido en una criatura nueva que no era en absoluto el mismo hombre, mujer, o incluso niño que había salido de Independence o de Saint Joseph muchos meses antes: la decisión misma de emprender el viaje ya había sido una especie de muerte que había requerido el abandono completo de toda la vida anterior, de madres y padres y hermanos y hermanas a los que no volvería a ver nunca más, el destierro de todos los sentimientos y la renuncia necesaria a las comodidades más básicas», escribe Didion. Nadie nos enseña a cruzarlas. A veces sabemos quiénes las establecen y cuándo, pero cruzarlas es un acto de voluntad máxima, de libre albedrío, de resistencia o de supervivencia. Cruzamos fronteras porque la curiosidad nos mueve a expandir los límites de lo establecido. Cruzamos fronteras porque queremos ver que hay más allá. Cruzamos fronteras porque, a veces, lo que se deja atrás es abominable. Cruzamos fronteras porque nuestra especie quiere colonizarlo todo. En el libro En tierra de nadie (Gris Tormenta), una antología que reúne memorias y narraciones personales sobre la migración y el exilio, se lee el siguiente epígrafe del autor e intelectual haitiano nacionalizado canadiense Dany Laferrière: «Si volvemos al punto de partida ¿querrá eso decir que el viaje ha terminado? No se muere uno mientras hay movimiento. Pero quienes nunca han cruzado los límites de su pueblo esperan el regreso del viajero para estimar si valía la pena marcharse.»La idea de movimiento como generadora de mundos. Hoy que la violencia contra quienes migran (por situaciones también de violencia en sus países de origen) se ha potenciado, quienes migran ¿se cuestionarán si valía la pena marcharse? En su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, la escritora Cristina Rivera Garza escribe: «Un poco después de 1901, una pareja de campesinos sin tierra emprendió la caminata desde el altiplano potosino hasta el norte de Coahuila, donde esperaban encontrar empleo en las minas de carbón entre Barroterán y Nueva Rosita, cerca de la frontera con Estados Unidos. Se dejaron guiar por las vías del tren, que desde 1888 pasaban ya junto a Venado, y por los rumores que se abalanzaban desde los caminos de tierra y se metían con el viento hasta sus casas: allá sí hay para comer, siempre hay trabajo, la paga es buena. Allá, no es como aquí». La autora de Autobiografía del algodón enfatiza: Allá no es como aquí. En su libro, Joan Didion integra fragmentos de diarios de emigrantes que relatan su experiencia, las distancias que recorren o que hacen una descripción detallada del paisaje que cruzan. Estaban expuestos a peligros, a violencia, a ser asesinados brutalmente, pero escribían, sin ser escritores, se interesaban por dejar registro de la travesía. ¿Cuál es la relación de una persona con el lugar que habita? En una entrevista, la autora chilena Cynthia Rimsky cuenta que al mudarse a Argentina (donde vive desde hace poco más de diez años) se quitó un enorme peso de encima y pudo escribir. El movimiento fue liberador y detonador. Samanta Schweblin, la autora argentina que vive en Berlín, ha comentado en diferentes entrevistas cómo su español se ha llenado de todos los otros españoles con los que convive en aquél país. Una lengua como un lugar que también tiene fronteras. ¿Existirá una última frontera, alguna que como seres humanos no hayamos cruzado aún? ¿Seremos capaces de cruzarla? ¿Qué significará hacerlo?Durante todo el mes de octubre, en CASUL reflexionaremos sobre las fronteras y los exilios desde diferentes miradas y perspectivas: la literatura, la pintura, el cine, la crónica, los fanzines y más. Únete a las conversaciones en cada evento y déjanos saber qué piensas sobre estos dos conceptos (frontera y exilio) y la manera en que han marcado y definido nuestras vidas.


