Fernanda Trías. La extranjera

Hola, ¿cómo estás?Se acerca la cita literaria que cierra las agendas culturales del año y CASUL estará allí: la Feria Internacional del Libro Guadalajara. Uno de los anuncios más esperados de esta feria es el que revela el nombre de la autora ganadora del Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz. Este año, la uruguaya Fernanda Trías lo ha ganado por segunda vez en cuatro años. Es una de las dos únicas autoras que se lo han llevado en dos ocasiones (la otra es la mexicana Cristina Rivera Garza, en 2001 y 2009). A Trías se le concedió en 2021 por Mugre rosa, y este 2025 por su novela El monte de las furias. ***Existe la posibilidad de irse, pero no se van. A las protagonistas de las novelas de Fernanda Trias (me refiero en específico a las de La azotea, Mugre rosa y El monte de las furias) algo las mantiene en ese encierro voluntario o impuesto. Al abrir una de estas novelas nos asomamos a un mundo que no sabemos si está terminando o recién comienza. La autora juega, baila en la frontera entre los finales y los inicios. La vida como escritora de Fernanda Trías empezó mucho antes de publicar. Empezó en el momento preciso en que terminó Cuaderno para un solo ojo, novela que aborda la violencia de género en una relación entre dos mujeres. Ese fue el momento preciso, cuando puso el punto final. Mario Levrero (su maestro) la publicaría en 2002, en la colección que dirigió, De los Flexes Terpines. Ahora es imposible conseguirlo. No se ha reeditado. Un año antes, en 2001, su novela La azotea, vería la luz. Pero la primera, la fundacional, fue Cuaderno…, aunque se haya publicado como segundo. En ambos, la autora ya nos sumerge en dos de los temas a los que volverá con vehemencia en sus libros posteriores: el cuerpo y la violencia. Mapear los temas fetiche de un autor o autora es mapear también su biografía. Fernanda Trías (Uruguay, 1976) nació y creció en dictadura, la cívico-militar uruguaya (parte del Plan Cóndor) que se mantuvo en ese país de 1973 a 1985. Así que los primeros nueve años de su vida los pasó así: con la amenaza constante de que el peligro estaba afuera. Creció bajo un régimen que controlaba los cuerpos, los violentaba, o los desaparecía. Un régimen que aplastaba cualquier intento de colectividad. Por ello no me parece extraño que en sus novelas estén presentes no sólo temas como la violencia y el cuerpo, sino tambien el encierro y la soledad. En 2004, ganó una beca para hacer un residencia en Francia, hecho que coincidió con la muerte de Levrero. Entonces dejó Uruguay. Una ciudad que, ha dicho, tras la muerte de Levrero, sentía ajena e inhóspita. No volvió nunca. Así se convirtió en extranjera. Pasó cinco años en Francia, vivió en Nueva York (donde hizo una maestría en escritura creativa), en Argentina y en Alemania. Reside desde hace diez años en Bogotá, Colombia, donde enseña escritura creativa al lado de escritores como Giuseppe Caputo, Gloria Susana Esquivel y Juan Cárdenas. Pero volvamos a los temas fetiche y a la biografía, porque ese desarraigo que genera migrar de un país a otro, esa extranjería permanente que la misma autora ha experimentado, es de la que ha dotado a las protagonistas de sus dos últimas novelas. La sensación de no identificarse con lo que las rodea, lo cultural, lo social y, sin embargo, encontrar en lo natural protección: la niebla que cuida en la ciudad y en la montaña, la montaña misma que protege, la naturaleza justa y despiadada sin distinciones.La distopía que le dio su primer Premio Sor Juana se adelantó al confinamiento, al uso de mascarillas, a la enfermedad de los cuerpos, a los cuerpos desbordando salas de hospital. El monte de las furias, libro por el que recibió el segundo, se escribió durante el confinamiento; el paisaje que la autora tenía enfrente durante el encierro era la montaña, el bosque de niebla colombiano. Dos novelas hermanadas por el ecocidio. Dos novelas hermandas también por los vínculos complicados que construyen las protagonistas con sus madres, con sus parejas, con ellas mismas. Esa condena interna por no poder cuidar hasta el punto de borrarse a sí mismas. Dos novelas hermanadas también por la devastación del territorio, pero llenas de la poesía de lo cotidiano. Fernanda Trías no entiende la escritura como una cerrera, tampoco como una producción industrial. Es por ello que no siente la necesidad de publicar un libro tras otro. Se toma su tiempo. Luego de la publicación de sus dos primeros libros, pasaron casi doce años para que la novela La ciudad invencible (2014) viera la luz. Su única novela de autoficción. Tampoco escribe por adelanto, ha dicho en algunas entrevistas. Cuando tiene el libro completo lo manda a la editorial y luego todo lo demás sucede. Lo mismo pasa con sus cuentos, no los escribe buscando que se conviertan en un libro, sino que ellos mismos “encuentren un sentido de conjunto cfpropio”, como en No soñarás flores (2016). Durante el tiempo que pasó entre la publicación de sus dos primeros libros y La ciudad invencible, transcurrió más de una década. En esos años realizó algunos cortos documentales con Fernanda Montoro (El más acá, premiado en 2008 como Mejor Corto Internacional por la Asociación de Críticos del Uruguay (Fipresci)). Tal vez por eso, por esa mirada nutrida en la búsqueda de nuevas formas de narrar, es que sus novelas son muy visuales, construidas más con imágenes que con palabras.“Durante años, todas las noches, soñaba con una onda expansiva de contaminación que, a veces, adquiría la forma de explosión nuclear; otras, la de una nube silenciosa que terminaba por envolverme”. Así narró el surgimiento de Mugre rosa. Esa imagen potente que se le coló en una pesadilla y que nos entregó una mirada sobre una forma de vida que devasta nuestro presente, como lo hizo también en El monte de las furias. Pero no se trata de una mirada calamitosa, sino una mirada en la que siempre está la oportunidad (a veces remota) de volver a comenzar.