
Hola, ¿cómo estás? El próximo 5 de marzo en la CASUL inicia el curso “Caminar/Pensar. Echar a andar para ganar horizonte”, impartido por Mariana Bernárdez, el tema es bellísimo y en este newsletter quisimos reflexionar sobre ese gesto que hace millones de años cambió nuestra historia y concepción del mundo.***Caminar ha sido una parte crucial en nuestra evolución, supervivencia y construcción de identidad. Caminar erguidos sobre los dos pies constituye un punto clave en nuestro desarrollo como especie. Caminar transforma nuestra experiencia con el entorno, con las y los otros y con nosotros mismos; nuestra relación concreta con el mundo. Escribe la autora estadounidense Rebecca Solnit que caminar es, idealmente, un espacio en el cual la mente, el cuerpo y el mundo se alinean como si fueran tres personajes que por fin conversan. Sabemos que caminamos hace millones de años, que cambiar nuestra postura de la horizontalidad a la verticalidad transformó nuestra forma de relacionarnos con el mundo. No sólo por lo que tuvo que ver con la evolución en nuestra constitución física, sino también por la posición desde la cual miramos todo. La altura a la que los ojos se posan sobre el paisaje y sobre el horizonte para mirar al otro, constituye nuestra forma de pensar y analizar, de integrarnos al mundo. Dejamos los cuatro puntos de apoyo, la cercanía con el suelo, para pasar a dos y conquistar otros espacios, otras distancias, otros horizontes. Así lo describe el investigador Shane O’Mara en Elogio del caminar: …caminar erguido ha dotado de movilidad a nuestra mente, y nuestro cerebro móvil ha avanzado hacia los horizontes más remotos del planeta […] caminar nos proporciona una lectura multisensorial del mundo en todas sus formas, configuraciones, sonidos y sensaciones, puesto que utiliza el cerebro de múltiples maneras…La vida cotidiana se ha vuelto incorpórea, nos movemos de un espacio a otro en transporte público o privado; pasamos horas encerrados trabajando en oficinas o en casas; los servicios se pagan en línea, incluso hay quienes han dejado de salir a hacer la compra porque también la encargan en línea; las ciudades se piensan para los automóviles y no para los ciudadanos de a pie. Nos desplazamos de una burbuja a otra; caminamos con prisa para ir de un punto a otro. Pero caminar, hacer una caminata sin tener que llegar a ningún lado, sin tener que justificar la salida con una foto en redes, sin un objetivo específico, es un ritual casi extinto. La caminata (como el sueño) es uno de los últimos espacios de resistencia de la demanda de atención del ser humano frente a las pantallas. Caminar es un espacio de libertad donde los cuerpos están en el mundo. Caminar es resistir la ansiedad de producir. Pero no idealicemos, ser más libres en un mundo que se acelera día con día, tener tiempo para caminar, es gozar de algo que hoy es un lujo: el tiempo de ocio. Sin embargo, se puede hacer, aún en medio del caos, aún cuando la cmanita se vea un poco o muy atropellada en ciudades donde las banquetas son cada vez más angostas o inexistentes, donde el espacio público siempre tironea con intereses privados o gubernamentales. Caminar nos permite repensar el cuerpo, el espacio, su eficiencia como herramienta para desplazarnos de un lugar a otro.Hay un meme en el que se ve a Frodo y a Sam, de El señor de los anillos, caminando rumbo al Monte del Destino, en Mordor, y se lee: “Mi rasgo tóxico es creer que puedo llegar a todos lados caminando”. Yo comparto ese rasgo tóxico. Me cuesta trabajo quedarme quieta, concentrarme cuando el movimiento es cero. En su libro Wanderlust. Una historia del caminar, Rebecca Solnit cita a Rousseau, que registró sus piensos sobre caminar (en Confesiones y Las ensoñaciones del paseante solitario):Nunca pensé tanto, existí tan vívidamente ni experimenté tanto, nunca he sido tan yo mismo —si puedo usar esta expresión— como en los viajes que he hecho solo y a pie. Hay algo en caminar que estimula y anima mis pensamientos. Cuando me quedo en un lugar apenas puedo pensar; mi cuerpo tiene que estar en movimiento para hacer andar mi mente.Caminar es imaginar.Caminar es, también, volverse anónimo. En ciudades como la nuestra, salir a caminar es insertarse en un espacio que es puro presente de cuerpos e historias desconocidas. En ese estado anónimo, dejamos de ser un poco nosotros y nos mezclamos con la masa, con las conversaciones cachadas al vuelo, con las sonoridades entrecortadas que construyen un collage de color y ruidos. La caminata urbana nos hace conscientes del efecto de nuestra existencia, y la de los otros, en este mundo, y de lo injustos y antipáticos que son algunos espacios para el peatón.En el mismo libro, Solnit señala que, hasta el siglo XX, “las mujeres rara vez caminaron la ciudad por placer”. Hay que mencionarlo, las ciudades tienen género y la experiencia en ellas no es la misma para todas las personas. Una calle solitaria, mal iluminada en horas diversas, puede significar una experiencia (agradable o desagradable) diametralmente opuesta para cada uno. Escribió Pascal Quignard que en la caminata cada paso argumenta. Caminar construye ciudadanía. Pensemos en la potencia (política) de un grupo de personas caminando juntas. Apunta también Solnit: “El caminar en sí mismo no ha cambiado el mundo, pero caminar juntos ha sido un rito, una herramienta y un fortalecimiento de la sociedad civil que puede hacerle frente a la violencia, al miedo y la represión”. Caminar nos hace seres más sociales, seres políticos. Potencia nuestra capacidad mental, nuestra percepción y nuestra creatividad, al cuerpo mismo frente a la inmovilidad generada por las máquinas.Y vuelvo a Solnit: “Caminar es una manera de mantener un bastión contra esta erosión de la mente, el cuerpo, el paisaje y la ciudad, y cada caminante es un guardia que patrulla para proteger lo inefable”.

Fotografía: Richard Long, A Line Made By Walking (Una línea hecha al caminar), 1967.


