
Hola, ¿cómo estás?
Mi nombre es Ana León y estoy a cargo del newsletter de la Casa Universitaria del Libro de la UNAM. Llega la pausa de verano para la UNAM y con ella el último newsletter de la temporada. Para despedirnos, queremos dejarte algunas recomendaciones de lectura, en específico, primeras novelas. Si no tienes lecturas de verano, éstas se pueden convertir en tus compañeras durante estos días. Así que, sin más preámbulo, bienvenidas y bienvenidos a Presente continuo.
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Hay una frase que la escritora argentina Samanta Schweblin repite en cada entrevista, en cada presentación, en cada podcast al que la invitan, y la frase, dice, es de la autora estadounidense Rebecca Solnit: «Un libro es un corazón que palpita en el pecho de otro». Dos energías inseparables que activan el libro: la de quien escribe y la de quien lee. Pero para que ese corazón exista en el pecho de otro tiene que haber un inicio, un primer libro, una primera novela.
Escucho muchas entrevistas a escritoras en redes sociales y muchos podcast literarios, y en ellos les he oído decir a varias autoras que la primera novela es un acto impune. No hay compromisos, no hay metas que cumplir. Es un salto al vacío que se da sin saber qué vendrá después. Y esa impunidad la da el hecho de ser, en muchos casos, un o una desconocida.
Hay historias fabulosas, o terribles, de primeras novelas. En el podcast Grandes infelices de Javier Peña, el autor y locutor relata la historia de La conjura de los necios, la primera novela de John Kennedy Toole, que envió a innumerables editoriales y que fue rechazada. Este hecho lo condujo a una depresión y, posteriormente, al suicidio. La obra fue publicada años después debido a la insistencia de la madre, Thelma Toole, que se empecinó en que viera la luz, así que ella volvió a enviarla a diferentes editoriales y en 1980, once años después del suicidio del autor, se publicó. Un año después obtuvo el Premio Pulitzer de Ficción. Toole jamás disfrutó del éxito de su obra. Ni siquiera supo que fue publicada.
María Gainza, la autora argentina, ha dicho en entrevistas que la autopublicación de El nervio óptico (ese texto híbrido que no es novela, pero que al leerla se siente como una novela) ha sido la mejor inversión de su vida. Ella venía del periodismo cultural, de escribir mucho sobre arte y de elaborar textos y perfiles sobre artistas para medios y para galerías. La novela fue publicada en la editorial Mansalva —una autopublicación, como ya dije—, y es precisamente por ello que el texto gozaba de «frescura, audacia e impunidad», como ha dicho Gainza. Posteriormente, el libro fue publicado por Anagrama, luego de que Mariana Enriquez lo leyera y lo pasara a su agente literaria. Así «entró a las grandes ligas». El resto es historia; las reediciones no paran. Pero María Gainza no quería que ésta se convirtiera en un «one-hit wonder», así que «para sacárselo de encima» escribió La luz negra, su segunda novela. Las primeras novelas, a veces, pesan, se sabe.
La propia historia de la primera novela de Mariana Enriquez también es digna de contarse. Bajar es lo peor fue lo primero que escribió la autora argentina sin haber escrito nada antes ni haber tomado un taller literario ni venir de una familia de escritores. Estaba en el último año de la secundaria cuando empezó a escribirla. La escribió de noche y en una máquina de escribir cuyas teclas eran tan duras que le partían las uñas. Una joven que buscó escribir lo que tenía ganas de leer y que no encontraba en lo que estaba publicado. Ningún libro le hablaba directamente, así que no tuvo más que escribirlo. «Bajar es lo peor fue una especie de reescritura de Mi mundo privado y Entrevista con el vampiro pero ubicada en Buenos Aires», cuenta la autora en la nota editorial con la que abre la reedición del libro. Ahí también cuenta de las cartas que le escribieron fans que querían conocer datos específicos como las direcciones de los protagonistas (personajes de ficción) de la novela, al grado de que una de esas fans fue a buscarla al diario —en el que hasta ahora trabaja— para exigirle toda esa información. Su primer editor fue Juan Forn, nada más y nada menos. «Después de Forn, nunca asistí a un taller literario, ni quise estudiar escritura creativa».
Agustina Bazterrica lleva toda la vida cerca de la literatura, estudió artes, pero trabajó por veintidós años como secretaria de un despacho de abogados, «porque de alguna forma había que pagar las cuentas», ha dicho. Sin embargo, su primera novela no llegó como por arte de magia; desde los diecinueve años empezó a asistir a los talleres literarios de Liliana Díaz Mindurry. Además, Bazterrica es una lectora voraz y obsesiva. No sólo estudia, desmembra los libros que lee, y lee mucho: «la prioridad es leer todo lo que pueda antes de morir»; y, además, la obsesionan las palabras (supongo que como a toda escritora), «la elección de cada palabra es tan o más importante que la historia que quiero narrar», ha escrito en el libro Literatura o muerte. Así que, una vez que existió la idea primigenia, detonada por la imagen de cadáveres animales colgando en una carnicería, pasó seis meses estudiando y leyendo todo lo que pudo sobre canibalismo. Así nació Cadáver exquisito, que ya ha alcanzado la etiqueta de Best Seller.
En la Biblioteca CASUL de Escritoras puedes leer las primeras novelas de Bárbara Jacobs (Las hojas muertas), Rosario Castellanos (Balún Canán) y Sara Sefchovich (Demasiado amor).
Tienes aquí algunos corazones para que palpiten en tu pecho en estos días estivales.
Feliz pausa de verano, nos vemos a la vuelta.


