
Hola, ¿cómo estás?
¿Puedo comparar a la ciudad con un dragón de Komodo? Me pregunto al empezar a escribir esta carta semanal. Y me respondo: “puedo”. ¿Por qué no? Tantos adjetivos, tantas descripciones, tantas definiciones. Tanto que se vierte en esta ciudad.
¿Ustedes con qué la comparan? ¿Acaso la comparan? ¿La piensan como un animal o un personaje? ¿Se detienen a pensar en ella, en lo que significa para ustedes? ¿Reflexionan sobre la forma en la que la habitan o es sólo el espacio que cruzan entre trayectos? ¿Piensan que la ciudad sólo está a su servicio o son animistas, como yo, y creen que respira, que goza, que sufre? Tal vez de su boca sólo broten palabras como caos, megalópolis, desastre, belleza, tráfico, magia, horror. Hay quienes buscaron aislarse de la ciudad dentro de la ciudad usando muros, color y luz; otros, buscaron encontrar nuestro pasado prehispánico a través de formas modernas.
Tiene muy poco que empecé a pensar a la ciudad como mi dragón de Komodo. Y tiene que ver con que viví, hasta hace poco, en el Centro. Calle República de Cuba esquina con República de Chile. Un edificio con ajaracas en la fachada, en plena calle de las novias. Siempre he vivido la ciudad a pie. Visité muchas veces el centro. Pero vivir la ciudad en el Centro es otra cosa.
Salgo del edificio. Atravieso una nube de marihuana. Los chicos de las motos están fumando justo al lado del portón. Tosen después de una calada intensa. Sigo de frente. Paso al lado de un grupo de turistas sentados muy cómodos sobre una jardinera que por las noches es el baño de la gente que duerme en la calle. Sigo de frente por la tienda con los vestidos de quinceañera más brillantes. Espero a que el semáforo cambie a verde. Me miro en el escaparate de la tienda de novias que está en frente. Luego miro hacia la izquierda. Estoy a punto de cruzar, pero una moto viene en sentido contrario por la derecha. Mi objetivo es llegar a la panadería.
Sigo de frente por República de Chile, miro mis tenis sobre la brillantina que se escapa de los vestidos de quince años y que queda en el piso. Esquivo gente con bultos, gente con carreolas, gente con vestidos de novia, gente con crinolinas. No observo rostros, pero sí modos de caminar. Cruzo hacia Donceles. Me asombro —cada vez, durante los once meses será así— con la fachada barroca del Archivo Histórico de la Ciudad de México. Tantos detalles, tanta memoria. Paso frente al edificio del enigma, el que a veces parece más profundo de lo que es. Una vez pude tomarle una foto. Había sol, la escalera al fondo estaba iluminada, el pasillo se veía más profundo, la luz llenaba de intensidad el color rosa de sus paredes. Luego no lo volví a ver así. Cada vez que pasaba estaba oscuro y el pasillo, en penumbras, parecía al alcance de la mano.
Pienso que voy bien, que tal vez hoy el Centro no me vencerá. Sigo de frente por el Teatro Esperanza Iris, recuerdo esa película donde una chica le dice a un chico que las ciudades —y la gente— se sienten diferente si las caminas escuchando música barroca. Lo hice una, dos veces, y sí, se caminan mejor. Pero para que el efecto persista no se debe abusar del recurso.
Donceles casi esquina con Allende. Doblo a la izquierda. Me alegro de que, por fin, después de mucho, mucho tiempo, el H. Congreso de la Ciudad de México haya quitado las vallas que circundan su banqueta y nos permita a los peatones caminar sobre ella y no tener que bajar a la calle a sortear los vehículos. “¡Por fin!”
Casi llego a Allende mientras pienso que logré saltarme a la legión de promotores de lentes de la Plaza de los lentes, aquellos que a cada paso te preguntan si, “con todo respeto”, te pueden regalar una tarjeta.
Sé que va a morderme. Sé que no hay salida limpia. Que en cualquier momento su baba, la de mi ciudad dragón de Komodo, la de esa bestia que me embelesa, va a quemarme.
Cruzo la calle sobre 5 de mayo. Llego sin un rasguño a la panadería. Pero aún falta el camino de vuelta. La panadería, como siempre, está desbordada. Elijo dos panes y salgo de vuelta. Le compro un par de chicles al chico que algunas veces se pone en la entrada. Observo el costado de los muros del edificio 5 de mayo, camino despacio y me distraigo con el horizonte caído del edificio del MIDE. La pesadez de esos muros. Nunca he entrado a ese museo. No miro de frente, sino de costado. Bajo la guardia. Me distraigo con la monumentalidad de aquel edificio blanco con verde que yo supongo es de departamentos, cuya entrada tiene unas escaleras que ocupan parte del espacio de la banqueta. Miro hacia arriba. Me gustaría conocerlo por dentro. Estoy a punto de llegar a la esquina cuando veo a un hombre en situación de calle sentado sobre el suelo, sin pantalones, sin ropa interior, pintando, con pies y manos, la banqueta con sus desechos.
Regreso a casa con el efecto de esa imagen que me golpeó de frente. La ciudad, como el dragón, puede mostrarnos las vistas más exóticas o los más crudos escenarios. Nadie sale indemne.
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Héctor de Mauleón vuelve a CASUL. No te pierdas el ciclo Crónicas de la ciudad nocturna, miércoles 8, 15, 22 y 29 de abril, a las 19 horas.



