UN HOMENAJE EN CASUL | La vida afortunada de Margo Glantz

Autora: Mónica Maristain

Escritora. Docente. Madre. Abuela. Tuitera. O lo que es mejor decir: la vida devorada con la boca abierta, atrapada por una mente donde la libertad es el principal propósito, pues para la escritora mexicana Margo Glantz, la más joven de nuestro país con sus esplendorosos 92 años, nada es más importante para una persona que ser tolerante.

Ciudad de México, 22 de agosto (MaremotoM).- “No soy un zapato, soy una escritora”, fue una de las primeras frases antológicas de la mexicana Margo Glantz (1930) cuando obtuvo en 2010 el Premio FIL de Literatura en el marco de la Feria Internacional de Guadalajara.

Hacía alusión de ese modo a cierto cliché con que es mencionada en la prensa diaria, merced a su conocida afición al calzado, un sello distintivo que reforzó con su libro publicado por Anagrama en 2005, Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador.

Claro que en ella, que hace 92 años que es tremendamente joven y vital, todo se aleja del lugar común. Como febril tuitera atraviesa una ancianidad llena de proyectos y sobre todo de libros que quiere escribir antes de que la muerte previsible, allí, a la vuelta de la esquina, la sorprenda como ha hecho con sus amigos entrañables, por caso el fallecido filósofo Luis Villoro.

Es propósito de su tercera edad enérgica y placentera no quedar como la Imelda Marcos de la literatura nacional y antes que eso agradecer su “vida afortunada” en un libro, Yo también me acuerdo (Sexto Piso), con el que queriéndolo o no amplía su horizonte de lectores, incorporando nuevos ojos y nuevos oídos a su obra ecléctica y no obstante armoniosa.

“Me acuerdo que hasta los treinta años creí que era fea y tonta. Me acuerdo que sólo tuve una muñeca en mi infancia, a lo mejor es un recuerdo falso. Me acuerdo de cuando era niña en el Valle de México aún había lagos: Texcoco, Chalco, Xochimilco”… dice Margo, en un proceso donde como el borgiano Funes el memorioso va construyendo la ruta de una vida larga y plena.

La Casa Universitaria del Libro reconoce la trayectoria de Margo Glantz y reúne su obra en la Biblioteca CASUL de escritoras.

“Bueno, mira, Funes sólo tenía memoria y lo demás no le funcionaba bien. De alguna manera era una especie de caricatura del propio Borges”, se apresura a aclarar con lengua afilada en la frescura de su sala, parte de una primorosa finca en la mejor zona de Coyoacán.

“Borges lo recordaba todo…eso sí, lo demás también le funcionaba”, dice con admiración mientras la pregunta de qué piensa de la memoria, obligada, obvia, ya es pasado en el mediodía de verano defeño.

Más que Borges: George Perec, el admirado escritor francés muerto cuando apenas tenía 45 años en 1982, a causa de un cáncer de pulmón inoperable, y que dejó unas obras capaces de desarrollar un universo propio, el universo-Perec, autor entre otros de Je me souviens (Me acuerdo), aquel entrelazado de párrafos donde la memoria acudía para confundirse con cada una de las posibilidades del idioma.

Una cosa es recordar y otra muy distinta es contar lo que uno recuerda. Toda palabra inaugura el hecho recordado. Lo falsea hasta hacerlo insoportablemente real, porque ese es el proceso mental que más nos define como especie.

Margo Glantz, presente en la FILUNI. Fotografía: FC, para MaremotoM (Cortesía)

 “Cuando escribes la memoria es fundamental y se trata de un proceso muy selectivo. A veces recuerdas las mismas cosas siempre. Como mi padre, que hacía mención de los mismos recuerdos de infancia. Por otro lado, es tan engañosa la memoria. Mis padres compartieron mucho tiempo juntos y recordaban distintas sus respectivas infancia. Peleaban por eso, se corregían mutuamente sus recuerdos”, cuenta la autora de una obra diversa y tardía que publicó su primer texto cuando tenía 47 años, “aunque yo me sentía de 20”, reconoce.

UNA VIDA DE MUCHAS FACETAS

Con su novela El rastro, Glantz obtuvo en 2004 el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. Es desde 1995 la ocupante de la silla XXXV en la Academia Mexicana de la Lengua y en 2010 se hizo acreedora a la Medalla de Oro Bellas Artes.

Todos títulos que no son justos a las tareas que le resultan esenciales: madre, docente y escritora.

“Margo es ese torbellino de ideas que se agolpan mucho más rápido que las palabras y éstas conforman un universo literario donde lo antiguo convive con lo actual, lo extranjero con lo propio, lo culto con lo popular; es ese universo donde no hay fronteras, no hay líneas divisorias, no hay diques, la cátedra de Margo es ese pasaporte sin refrendo donde se transita libremente sin tiempo ni espacio determinados, es un todo donde la literatura es guiada por la mano magisterial de una maestra también sin fronteras”, dice Marcela Palma, Coordinadora del Colegio de Letras Hispánicas de la UNAM.

“Ser profesora ha sido algo muy importante para mí. La docencia es una cosa muy básica, porque es lo que te impide envejecer. Si no te renuevas, tus cursos se convierten en inútiles”, dice Margo, la joven eterna.

“En sus propuestas en torno a la crisis y frontera de los géneros, mediante poéticas fundadas en la fragmentación y en el acopio de discursos provenientes de diversas disciplinas (música, artes visuales, mass media, entre otras), Margo Glantz ha puesto en evidencia la identidad latinoamericana como un viaje acabado e inacabable de múltiples realidades sociales, que generan un continente móvil, el cual permite la vigencia de la lengua y su conexión múltiple con el mundo”, dijo el jurado que le otorgó el premio FIL y que le proporcionó “el día más lindo de mi vida”, admite.

“Muchas veces una piensa que es una mala madre, pero hoy, cuando vi que mi nieta de seis meses se mantenía en absoluto silencio durante la ceremonia de premiación, pensé que tan mal no había hecho las cosas”, dijo la escritora y madre de dos hijas cuando recibió el Premio FIL.

“Lo más importante para mí ha sido siempre la literatura, tanto en la lectura como en la enseñanza. Más importante aún son las relaciones afectivas con la familia, con las hijas, los nietos. Las relaciones afectivas con los amigos entrañables, que forman parte de mi familia afectiva”, dice al confesar que extraña “horrores” a Carlos Monsiváis y que mucho lamentó la reciente partida de Luis Villoro.

“Voy a escribir hasta que pueda, tengo muchos textos por terminar y aunque sé que a mi edad uno se puede morir de un momento a otro de un infarto, lo único que le pido a Dios es un poco más de vida para escribir, que es lo que más felicidad me da”, anuncia esta hija de inmigrantes ucranianos que llegaron a México a mediados de los ’20 y que se abrieron paso con mucho empeño y decoro en nuestro país.

“En mi niñez, adolescencia y juventud, México progresaba. Íbamos hacia delante. Teníamos, en la época de Ignacio Chávez, a una de las universidades más importantes del mundo, que era la UNAM. Pero luego empezaron las huelgas universitarias, muy lógicas, pero diseñadas también para acabar con la educación pública”, dice Margo.

“Sé que es muy esquemático lo que digo, pero pasó en Chile, Argentina, México…la educación es peligrosa para el poder y por eso se intentó destruir la educación pública. La huelga de la que hablo es la del ‘60, la que destituyó a Ignacio Chávez, antes del ’68. Quisieron destruir la universidad del todo, pero todavía está ahí”, agrega, mientras su discurso se va encendiendo.

“Ajustes de cuentas entre políticos son los arrestos a los sindicalistas como Elba Esther Gordillo o Carlos Romero Deschamps. No es la búsqueda de la justicia. Lo terrible del petróleo, que trajo corrupción y violencia. México antes era más verde…aunque nada de esto tiene que ver con mi libro”, reconoce Margo y se acuerda de su libro.

Se acuerda que su libro tiene que ver con cierto espíritu poético. Fotografía: FC, para MaremotoM (Cortesía)

Se acuerda que su libro tiene que ver con cierto espíritu poético. Una literatura como haikus: hablar del paisaje de un cerezo en flor.

Se acuerda que Yo también me acuerdo, un libro que presentó junto a “los miserables que quiero mucho” como los jóvenes escritores Emiliano Monge y Luis Felipe Fabre, tiene algo de escritura automática, porque la memoria tiene ese ritmo de lo espontáneo.

Se acuerda de su literatura fragmentaria, tan elogiada, sobre todo “por la relación con el cuerpo, al que divido, parto, tasajeo y a veces hablo de manos, de ojos, de brazos, de piernas”.

Recuerda a una niña curiosa y voraz: ella misma. Se acuerda de su timidez, de su capacidad para leer muy rápidamente y cómo todas las cosas que ha hecho en la vida, desde los viajes hasta las hijas –Alina López Cámara y Renata Schneider-, desde los esposos (Francisco López Cámara y Luis Mario Schneider) son cristales de un espejo colorido que ha ido armando “de forma muy natural”.

Y es este universo con muchas puertas y ventanas lo que le ha impedido “ser una fundamentalista”.

La mente abierta para convertirse en una persona “tolerante”.

“Ser tolerante es lo más importante que una persona puede ser”, dice sin dudarlo. El tratar de entender al otro, recordar para vivir y viceversa, son la brújula a cuyo estímulo ha ido diseñando Margo su existencia afortunada.

“LO EXTRAÑO MUCHO”

De todos los me acuerdo de Margo Glantz, la memoria inolvidable es para uno de sus amigos más queridos: Carlos Monsiváis, cronista y escritor fallecido en 2010.

“Lo extraño mucho”, dice del autor de Rituales del Caos, quien amaba más a los gatos que a la gente y que seguramente “andará en el Paraíso rescribiendo el prólogo de la Biblia para interpretar e incluso corregir las Sagradas Escrituras”.

“Junto con José Emilio Pacheco, Monsi tenía una memoria prodigiosa. Ambos competían por ver quién recordaba mejor. Se sabían versos gigantescos y Monsi estaba en cualquier lugar al mismo tiempo”, evoca.

LA MEMORIA SIN GOOGLE

Margo Glantz, Elena Poniatowska, Arturo Rivera, José de la Colina, Hugo Hiriart, Vicente Rojo, Eduardo Lizalde…la lista es interminable y se refiere a “nuestros queridos viejos”, gente que va por los 80 o un poco menos y que ocupa todavía un lugar brillante y activo en la cultura nacional.

“Todas las generaciones son irrepetibles, pero la nuestra fue importante sobre todo porque fue una generación de lectores”, dice Margo.

“¿De qué sirve la memoria si ahora tienes Google?”, se pregunta. Viene de los tiempos en que todo era interesante: la música, la literatura, las artes plásticas, porque el saber sabía a nuevo, no estaba gastado y por tanto no había espacio para el aburrimiento.

HOMENAJE EN LA CASUL

La Casa Universitaria del Libro lleva a cabo un homenaje a la reconocida escritora y Profesora Emérita de la UNAM, Margo Glantz, e integrará su obra a la Biblioteca CASUL de Escritoras.

Como parte de las actividades, se realizará un conversatorio en torno a la trayectoria de la académica mexicana y Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, con la participación de los escritores y editores Socorro Venegas y Eduardo Rabasa, la Directora de la Revista Punto de Partida, Carmina Estrada, y Guadalupe Alonso Coratella, titular de CASUL.

La Biblioteca CASUL de Escritoras está concebida como un espacio dentro de esta casa emblemática en la Colonia Roma, para la difusión de la obra de autoras destacadas en la literatura mexicana y latinoamericana. Esta iniciativa, inaugurada el pasado mes de mayo con los libros de  Elena Poniatowska, se enriquece, en esta ocasión, con la obra de una destacada universitaria.

Los títulos de Margo Glantz que albergará la Biblioteca CASUL de Escritoras fueron reunidos gracias a la colaboración de diversas casas editoras: el Fondo de Cultura Económica, Grupo Editorial Penguin Random House, Almadía, Sexto Piso Editorial, Trilce, Editorial Siglo XXI, Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Cafebrería el Péndulo y Libros UNAM.

Dicha obra estará disponible para su consulta en la Casa Universitaria del Libro, CASUL UNAM, ubicada en Orizaba 24, Roma Norte, de lunes a viernes en un horario de 10:00 a 18:00 horas.

Contenido original en: Maremoto Maristain

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