Nuestros barrios, nuestra literatura

Hola, ¿cómo estás?

Mi nombre es Ana León y estoy a cargo del newsletter de la Casa Universitaria del Libor de la UNAM. Este sábado aterrizamos en sus correos con un anuncio importante: este mes la CASUL cumple 40 años en la UNAM y como habitante de la icónica casona de la calle Orizaba, número 24. Estamos de fiesta. Celebramos la persistencia de la literatura, de las artes y de la música en nuestro recinto ubicado en un barrio de tradición literaria y artística. De eso va la carta de hoy. Sin más, bienvenidas y bienvenidos a Presente continuo.

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Mundo antiguo

Ayer me sumergí en un mundo antiguo y el mundo antiguo era éste: «Para mí, niño de la colonia Roma, árabes y judíos eran “turcos”. Los “turcos” no me resultaban extraños como Jim, que nació en San Francisco y hablaba sin acento los dos idiomas; o Toru, crecido en un campo de concentración para japoneses; o Peralta y Rosales. Ellos no pagaban colegiatura, estaban becados, vivían en las vecindades ruinosas de la colonia de los Doctores. La calzada de La Piedad, todavía no llamada avenida Cuauhtémoc y el parque Urueta formaban la línea divisoria entre Roma y Doctores. Romita era un pueblo aparte. Allí acecha el Hombre del Costal, el gran Robachicos. Si vas a Romita, niño, te secuestran, te sacan los ojos, te cortan las manos y la lengua, te ponen a pedir caridad y el Hombre del Costal se queda con todo. De día es un mendigo; de noche un millonario elegantísimo gracias a la explotación de sus víctimas. El miedo de estar cerca de Romita».

Es fascinante la forma en que la literatura puede ponernos en un tiempo pasado. Pero más fascinante aún es notar que ese pasado que muchas veces añoramos, o peor, que vemos con melancolía —y la melancolía es una enfermedad incapacitante—, no se aleja tanto del presente. La escena pertenece a Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. En su novela, la colonia Roma es escenario y personaje, es un mundo antiguo que devora el presente con su cercanía, con su semejanza. Me pregunto cómo describiría Pacheco este barrio si escribiera la novela ahora. ¿Seguiría siendo esa colonia «venida a menos», esa de la que «desertaban las buenas familias»?, ¿seguiría siendo «átomo del inmenso mundo»?

Nuestros espacios de representación

Los barrios son como casas y las casas son como cuerpos. Bien lo decía Leonora Carrington en La trompetilla acústica: «Las casas son como los cuerpos. Nos apegamos a sus muros, sus techos y sus objetos del mismo modo que a nuestros hígados, esqueleto y torrente sanguíneo». Así, nos apegamos a las calles de nuestros barrios, sus árboles, sus comercios, su atmósfera. Son también nuestros espacios de representación, de identidad y arraigo. Para Carlos, el protagonista de la novela de Pacheco, la Roma es todo su mundo, la libertad y el límite; la escenografía de sus deseos, pero también de sus miedos. El mundo en familia y el espacio de la ruptura: de la ingenuidad a la toma de conciencia.

La Roma, se ha dicho innumerables veces, ha sido una colonia de letras. Escenario de historias como la de Pacheco o hábitat de escritoras y escritores. Si en su nouvelle el autor retrata con precisión aquella colonia de mediados de siglo XX —«Pero, mamá ¿cuál clase? Somos puritito mediopelo», le dice Héctor, el hermano de Carlos, a su madre, «típica familia venida a menos de la colonia Roma: la esencial clase media mexicana»—, la vida de escritores fuera de la ficción continúa ese retrato de un espacio de la ciudad que, como muchos otros, es catalizador de deseos y contenedor de ambiciones.

En Leonora, la novela inspirada en la vida de la pintora surrealista Leonora Carrington, Elena Poniatowska casi al final del libro escribe: «El terremoto de 1985 la expulsa de nuevo. Exactamente frente a su casa se desploma el edificio número 193 de la calle Chihuahua, los departamentos quedan encimados como el pastel llamado mil hojas. Los inquilinos despavoridos se van de la ciudad, la colonia Roma sufre tanto o más que los barrios del centro […] A Chiki […] caminar por la colonia Roma y ver sus edificios desplomados lo deprime. Muy pronto, algunos pordioseros se esconden entre las paredes derruidas del edificio frente al número 194 de la calle Chihuahua e improvisan un techo con lonas y plásticos. Las ruinas se llenan de perros y gatos. En ninguna parte de la Ciudad de México han caído tantas casas como en la antigua colonia Roma».

Una vocación literaria y artística

Así, en medio de la literatura y de la vida literaria y artística, se plasma el pulso de un barrio, de sus cambios, de sus idas y venidas en el tiempo. Ahí, en una de las lindes de ese barrio, nuestra casa también da cuenta de la historia de su entorno. Este octubre, CASUL celebra 40 años en la UNAM y en la casona porfiriana de la calle Orizaba en el número 24. Una esquina abierta al tiempo que sigue abonando al imaginario literario que lleva el ADN de esta colonia que ha sido casa de la ya mencionada Leonora Carrington, en el 194 de la calle Chihuahua, sentada en su estudio con su caballete junto a la ventana desde la que veía una hermosa jacaranda en su patio; del excéntrico William S. Burroughs, del beat Jack Kerouac, del poeta Ramón López Velarde, de Juan Rulfo, de Sergio Pitol. Y por la que han caminado no sólo Carlos, sino también Adonis García (El vampiro de la colonia Roma), Arturo Belano y Ulises Lima (Los detectives salvajes), legendarios personajes de ficción.

Vaciada de sus habitantes locales y llena de extranjeros que demandan se hable su inglés en una tierra donde se hablan español y 68 lenguas originarias, miramos atentos los cambios de este barrio. Lo miramos, tal vez, como Carlos cuando se quedó atento observando la avenida Álvaro Obregón, guardando intacto «el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual».