
Hola, ¿cómo estás?
Mi nombre es Ana León y estoy a cargo del newsletter de la Casa Universitaria del Libro de la UNAM. Esta semana queremos acercarlos a una selección fascinante de manuscritos, códices e incunables que llegan a la casa como parte de una exposición organizada por la Filuni y la Universitat de València, invitada de honor a la Feria. Bienvenidas y bienvenidos a Presente continuo.
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«Antes de la invención de la imprenta, cada libro era único», escribe Irene Vallejo en El infinito en un junco. «Para que existiera un nuevo ejemplar, alguien debía reproducirlo letra a letra, palabra por palabra, en un ejercicio paciente y agotador. Había pocas copias de la mayoría de las obras, y la posibilidad de que un determinado texto se extinguiese por completo era una amenaza muy real. En la Antigüedad, en cualquier momento, el último ejemplar de un libro podía estar desapareciendo en un anaquel, devorado por las termitas o destruido por la humedad. Y, mientras el agua o las mandíbulas del insecto actuaban, una voz era silenciada para siempre».
Frente a condiciones adversas que no gozaban de ninguna de las tecnologías de preservación con las que ahora contamos, resulta extraordinario imaginar que un libro creado en el año 150 d.C. o hace más de seiscientos años llegue hasta nuestros días; que una de aquellas copias, a las que se refiere Vallejo, haya sobrevivido al paso del tiempo y a los deseos, intereses y caprichos humanos.
Empezamos a preservar nuestra historia hace más de cinco mil años, en tablillas de arcilla, papiros y pergaminos. La idea del archivo nació con un fin práctico de control económico, registro de cosechas, tributos, recaudación de impuestos o de la creación de textos jurídicos y políticos, y se extendió hasta empezar a custodiar el pasado, nuestra memoria y los productos de nuestra imaginación, formas de pensamiento y de vida que no existen más, pero que gracias a esa preservación conocemos.
En pocos días, fragmentos de aquella pulsión de dejar huella llegarán a la Casa Universitaria del Libro de la UNAM. Nuestro espacio se poblará con los fantasmas de aquellos copistas a los que debemos los facsímiles y de aquellos impresores que materializaron los incunables que integran la exposición Tinta, pergamino y papel. Tesoros de la Biblioteca Històrica de la Universitat de València.
Esta actividad, organizada en el marco de la Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios de este año (del 25 al 30 de agosto), en la que la Universitat de València es la invitada de honor, es una invitación a viajar en el tiempo, a explorar las narrativas de cada una de las épocas de los manuscritos y de los libros que la integran. La forma de concebir y pensar el presente en cada uno de ellos es un verdadero estímulo a la imaginación, a mirar con atención aquello que se construyó en el pasado y todo lo que implicaba la producción de un libro o de un manuscrito.
La descripción de Bucólicas, Geórgicas y la Eneida, facsímil copiado en 1465, parte de esta muestra, señala que fue «encuadernado en vitela con pan de oro», este detalle de inmediato me conecta con la siguiente reflexión de Vallejo: «existieron ejemplares bellísimos fabricados con pieles de color blanco profundo y textura sedosa, llamadas “vitelas”, que procedían de crías [de becerro o ternera] recién nacidas o incluso de embriones abortados en el seno de su madre. Imagino los gemidos de su madre y su sangre derramada durante siglos para que las palabras del pasado hayan llegado hasta nosotros. Detrás del exquisito trabajo del pergamino y la tinta se esconden, como hermanos gemelos rechazados, la piel herida y la sangre —la barbarie que acecha en los ángulos ciegos de la civilización—. Preferimos ignorar que el progreso y la belleza incluyen dolor y violencia. En consonancia con esa extraña contradicción humana, muchos de esos libros han servido para difundir por el mundo torrentes de palabras sabias sobre el amor, la bondad y la compasión».*
El Llibre de Sent Soví, facsimilar que también viaja con esta exposición, es un recetario de cocina valenciana medieval de autor anónimo que recoge más de doscientas recetas con información de lo que se comía y la forma en que se cocinaba en aquella época, así como los ingredientes que se usaban. El manuscrito es una de las dos únicas copias que existen del original de 1324. La otra copia se encuentra en Barcelona, pero el facsímil que posee la Universitat de València, y que llegará a la CASUL, es más antiguo.
«El susurro de los libros es distinto en cada época», escribe también Irene Vallejo. La imprenta cambió ese susurro por una voz más estridente. Es el inicio del libro como lo conocemos hoy. Sin embargo, a aquellos que fueron impresos desde la invención de la imprenta de tipos móviles de Gutenberg hasta antes de 1501, se les conoce como incunables y su valor es incalculable, no sólo por el número de ejemplares que sobreviven hoy, los talleres en los que fueron impresos o los temas que abordaron, sino también porque con la invención de la imprenta el conocimiento y la palabra escrita se extendieron más allá del monopolio de la iglesia y de la nobleza. Un momento bisagra en la historia del pensamiento.
«En la era de la imprenta los vendedores de papel sustituyen los libros escritos en el banco del amanuense por aquellos elaborados por la plancha del tipógrafo», escribe Alessandro Marzo Magno en Los primeros editores. Y es que a partir de la imprenta la idea de librería como la conocemos hoy también empezó a cobrar forma.
La muestra de la Universitat de València no sólo nos acerca a documentos poco accesibles al público en general, sino que en su centro mismo están contenidos dos momentos de la historia y su transición: el paso de la Edad Media al Renacimiento. De las dos únicas copias de El Llibre de Sent Soví, el recetario escrito en 1324 y copiado aproximadamente en 1450, al Tirant lo Blanc del que se imprimieron 750 ejemplares y que es considerado como el inicio de la novela europea moderna, del autor Joanot Martorell (ca. 1414-1468).
*Los corchetes son míos.


